Libros

Didí Gutiérrez responde nuestro interrogatorio

Inspirado en el cuestionario Proust, nuestro interrogatorio busca develar ideas, puntos de vista y manías de las escritoras y autores interrogados.

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—¿Cuento o novela?
Prefiero el cuento cuando quiero bailar trance y novela, si bailo un vals.

—¿Ensayo o poesía?
El ensayo en el día y la poesía en la noche. Con la poesía me adentro en un bosque a oscuras, con el ensayo, en un espacio luminoso. Escribir o leer ensayo tiene lugar a pleno sol, es una actividad del raciocinio; con la poesía la experiencia es más parecida a soñar, a rendirse a los misterios de un oráculo. También me gusta la noche solar.

—¿Qué sucede en tu mente y en tus espacios cuando escribes?
Cuando escribo tengo el flow. Mis pensamientos, emociones y sensaciones se sincronizan en un mismo ritmo, sin importar el tiempo y el espacio exterior. La escritura es el lugar donde sucumbo al placer sin ponerme demasiado en riesgo. Escribo y me siento feliz, aunque lo que escriba sea triste o atroz Los efectos de escribir se me notan en el cuerpo, en específico el cabello: siempre termino despeinada.

—¿Cómo ordenas tus libros?
Soy una controladora que disfruta usar el orden como herramienta principal, pero con el acomodo de los libros me di por vencida. He probado todos los tipos: por género, editorial, colores, tema, alfabéticamente. Ninguno sirvió conmigo, porque el orden de un librero es fugaz, dura unos días, y eso me frustraba muchísimo. Hasta dejé trunca la carrera de Biblioteconomía, no nada más por la desilusión, pero algo hay de eso. Entonces adopté una medida menos angustiante, inspirada en la única novela de Elias Canetti, Auto de fe: orienté todos los lomos hacia la pared. Ver en el estante sólo libros gordos y libros flacos en armonía me tranquiliza.
Cada vez que necesito uno, en la búsqueda del correcto me encuentro con otro adyacente aún mejor. Le llamo a esto un ejercicio de soltar.

—¿Cómo han influenciado vínculos sentimentales tu escritura?
Tener una infancia feliz, como la mía, no te prepara para la crueldad del mundo. Crecer y darme cuenta de la realidad fue un shock para mí, hasta que descubrí que, a través de la escritura, podía recuperar algo de ese paraíso perdido. Mis personajes buscan establecer lazos afectivos todo el tiempo, a veces lo logran y otras, no.

—¿Leer o escribir?
Una siempre me lleva a la otra y las dos son lo máximo.

—¿Droga favorita?
El azúcar en todas sus presentaciones.

—¿Qué tanto de tus historias es verdad?
Nada, cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.

—A media noche, escuchas un ruido extraño en algún lugar de tu casa, ¿te escondes bajo tu cama o vas a averiguar qué es?
Soy re-miedosa e impresionable, mejor me aviento por la ventana; al fin que vivo en un primer piso.

—¿Bebida preferida?
El esquimo de rompope.

—¿Cuánto mides?
1.62 metros

—¿Gatos o perros?
Siempre le tuve miedo a los perros, entonces mi primera mascota fue una gatita, sólo que cuando murió me volví alérgica a los gatos, yo creo que de dolor. Entonces llegó a mi vida un chihuahua blanco, pero les sigo temiendo a los perros, a los grandes, a los chiquitos ya no, bueno, a veces.

—¿Qué consideras que es infravalorado?
El silencio. Yo soy muy escandalosa.

—Primer recuerdo de la infancia
Sentados en el borde de una alberca pequeña en forma de gota, papá y yo, pegaditos uno al otro, con los brazos apoyados en el piso y los pies sumergidos. Estamos en un balneario, pero no sabemos nadar. Él se escurre poco a poco hasta meterse al agua, al tiempo que un chorro de líquido se le mete por la nariz y comienza a ahogarse. Los otros papás y los otros niños nos miran desde sus camastros con desdén, mientras el mío se pone rojo de toser. Fue la primera vez que sentí vergüenza por algo.

—¿Estás en redes sociales?
Sí, en feis, estoy como Didí Mantova; en tuiter, soy @glaseadodementa y en insta, @sueterdepuntitos. En milkshake, msha.ke/didigutierrez, subo lo que publico en revistas.

—¿A qué sabe el mejor pastel?
El mejor pastel sabe a esos días en que yo creí de niña que todos los cumpleaños tenían un tres leches incluido, porque en mi familia festejábamos con uno en todas nuestras fiestas. Era el amuleto comestible de nuestra revolución solar. Todo bizcocho de vainilla bañado en fuentes lácteas de tres orígenes, condensada, media crema y evaporada, me remite a un momento dulce de mi infancia.

—¿Cómo definirías tu estilo?
Si he de escribir realismo me acomodo un fedora de ala ancha en la cabeza; para textos de iniciación, unos pantalones de mezclilla y una playera blanca; cuando se trata de periodismo nada mejor que un saquito con parches en los codos. El estilo en el que me siento más cómoda últimamente incluye blusas de seda e imitaciones de looks de mis diseñadores preferidos, o sea en el género de la chick lit. Pero siempre natural y elegante, en la medida de lo posible sin afectación.

—Si fueras una prenda de ropa, ¿qué serías?
Un jumpsuit dorado, con capucha y bolsillos.

—Cuéntanos del fanzine Pinche chica chic
Pinche Chica Chic es el mejor fanzine sobre moda y humor en el mundo, que mi socia Ang Olavarría y yo lanzamos al mercado, en 2016, porque a la industria editorial de la moda le hacía falta humor y buena redacción. Hemos publicado 21 números hasta ahora, que son impresos en papeles de colores (salvo dos, una grabación radiofónica y una edición efímera en Instagram), cosidos en máquina y numerados a mano. Veinticuatro páginas con lo mejor de la literatura y la ilustración en el ámbito de la moda y el estilo, como Margo Glantz, Brenda Lozano, Laura Baeza, Eduardo Huchín Sosa, Mario Bellatin, Rosario Lucas, Andonella, Peras y Manzanas. Es un objeto trimestral de colección.

—¿Cuál es tu Elegante favorita?
Creo que idealizo a Julia Méndez porque nunca la conocí en persona. En primer lugar porque ya murió, en segundo, porque mientras estuvo viva se desapareció y en tercero, porque somos tan diferentes que nuestros caminos jamás se habrían cruzado. También me identifico muchísimo con Aurora Montesinos, su gusto por el arte, la moda, las listas y la rebeldía. Ellas dos son mis favoritas.

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Por supuesto no puede faltar la lista de lo que más le gustó a Didí del 2021. Les dejamos los libros, las películas, las series y los discos que acompañaron a la autora de «Las Elegantes» a lo largo del año pasado.

Libros

  • Mentiras que no te conté, de Elma Correa
  • Niebla ardiente, de Laura Baeza
  • Lxs niñxs de oro de la alquimia sexual, de Tilsa Otta
  • Yoga y coca, de Alejandra Maldonado
  • Isla Decepción, de Paulina Flores

Películas

  • Malcolm & Marie, de Sam Levinson
  • The House of Gucci, de Ridley Scott
  • El olvido que seremos, de Fernando Trueba
  • Fragmentos de una mujer, de Kornél Mundruczó
  • El agente topo, de Maite Alberdi

Series

  • Halston, de Daniel Minahan
  • The White Lotus, de Mike White
  • Lupin, de George Kay y François Uzan

Discos

  • Donda, de Kanye West
  • Solar Power, de Lorde
  • Daddy’s Home, de St. Vincent
  • El madrileño, de C. Tangana

 

Alumbrar la periferia en «Tristes sombras»


ENTREVISTA A LOLA ANCIRA 

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Por Noemí Pérez Vallejo

—¿Por qué La Castañeda y Lecumberri?

Por ser dos espacios míticos en la historia del siglo pasado en nuestro país y por su arquitectura: edificios bellísimos e inmensos que albergaron la esencia de la sociedad de la época.

—¿De dónde surge tu interés por escribir sobre personajes marginales?

De buscar la forma de alumbrar la periferia, de escuchar a los silenciados, a los ignorados, el discurso del otro; de encontrar sus voces y amplificarlas. En el caso del manicomio, abordar la cuestión de la estigmatización de las enfermedades mentales; en el caso de la prisión, reconocer el entramado social que permite (y contribuye a) que se cometan crímenes.

—¿De qué manera incorporaste la ficción en las historias que toman inspiración de personajes históricos o de expedientes?

Partiendo de lo que me interesaba mostrar a través de perfiles particulares: protagonistas femeninas para evidenciar terribles prejuicios de género de la época (que, desafortunadamente, continúan vigentes); supuestos profesionales o especialistas (en distintos ámbitos) que abusan de su posición y poder; distintos tipos de violencia ejercidos específicamente contra los más débiles.

—¿Qué te interesaba rescatar en relación a los espacios en Tristes sombras?

La forma en que la arquitectura afecta la psique del ser humano, específicamente la creada para distintos tipos de confinamiento: el carcelario y el manicomial; trabajar cómo los espacios tienen una gran influencia en nuestras mentes y cuerpos, cuestión que la psicogeografía estudia.

—Después del trabajo de investigación y de inmersión por medio de la escritura, ¿cómo definirías la locura y el crimen?

Desde la adolescencia he estado de acuerdo con lo que postuló Poe: que la locura es otro tipo de inteligencia, quizá incluso insuperable. En cuanto al crimen, diría que es el abuso de poder en cualquiera de sus formas, ya sea para intentar resarcir un daño recibido o no.

—¿Hubo historias que se quedaron fuera?

Muchísimas, me costó trabajo hacer una selección conforme trabajo los cuentos que ya tenía en mente. Sin duda podría haber una segunda parte del libro.

—¿Qué nos puedes adelantar sobre lo que estás escribiendo ahora?

Una novela que dejé en pausa en 2018 sobre el síndrome de Munchausen por poderes, y un proyecto de crónica que inicié a mediados de este año sobre la dicotomía vida/muerte en los cementerios.

—Para concluir la entrevista, comparte tres libros con los que se identifique Lola Ancira.

  • La condición animal, de Valeria Correa Fiz
  • Nuestro mundo muerto, de Liliana Colanzi
  • Nuestra parte de noche, de Mariana Enríquez

 

Lo mejor del 2021 | Gerardo Lima


¿Qué dice Gerardo Lima que fue lo mejor de su 2021? El autor de «Megaloceros» nos comparte lo que más le gustó en series, películas y libros de este año que recién terminó.

Lista de lo mejor del 2021

Series

En el caso de las series, la más esperada para mí fue Midnight Mass, porque el tema religioso mezclado con el horror es algo que me enloquece. No me decepcionó, aunque fue difícil verla en medio de tanta charla y diálogo que, a mí, por lo menos en el momento de su visionado, no me apetecía del todo. Imaginaba, además, algo distinto al tema del vampirismo, pero se deja ver, y tiene una tensión dramática muy agradable. Lo mismo ocurre con The Boys, aunque a un nivel completamente distinto, pues uno espera que alguno de estos “lindos” héroes, por favor, no haga algo tan violento que lo deje a uno respirando con dificultad y con imágenes que no se pueden sacar de la cabeza. De 30 Monedas no diré mucho, más que es necesario verla sin saber nada, y que por suerte tendrá más temporadas. ¿De la mano del irreverente Álex de la Iglesia? Sí ¿Misterio y terror? Oh, pero por supuesto.

Penny Dreadful es una de mis series favoritas, y tenía enormes ganas de ver el spinoff de tono chicano de la serie, que esta vez ocurre en Los Ángeles y no tiene ninguna relación con la trama original. No es del todo buena, y tiene un tema nazi no del todo disfrutable; sin embargo, escuchar “La Llorona” en una serie mientras chicanos hablan de la Santa Muerte (aunque no tenga mucha relación con el culto real) siempre me gana.

Por último, la joya sería Monsterland, una gran apuesta que, de manera antológica, retoma la narrativa corta de Nathan Ballingrud, un escritor norteamericano de terror, cuya fuerza para crear personajes y situaciones límite es magnífica y dolorosa. La serie cumple más que bien con su cometido, y espero sirva de carta de presentación para adentrarse en la narrativa de Ballingrud, uno de los escritores contemporáneos que más aprecio en el género.

  • Midnight Mass (Mike Flanagan, 2021, Netflix)
  • The boys 2ª temporada (Eric Kripke, 2020, Amazon)
  • 30 Monedas (Álex de la Iglesia, 2020, HBO)
  • Penny Dreadful: City of Angels (John Logan, 2020 Showtime)
  • Monsterland (Mary Laws, 2020, Hulu)

Películas

En el caso de las películas, creo que igualmente he visto muy poco, o revisité algunas que necesitaba ver por diversos motivos. En esta lista he seleccionado sólo cinco pertenecientes a este año, que me han dejado un gran sabor de boca, contrarrestando así las enormes decepciones que fueron Antlers, Saint Maud, In the Earth o Malignant,

La que más he disfrutado de todas ha sido, sin embargo, Dune, la versión de Villeneuve que me hizo mantenerme en el asiento lo más atento que me fue posible. La reconstrucción de un universo tan inmenso como el de Frank Herbert me llenó de alegría. El tono religioso y místico que abunda en la obra de Herbert es una delicia. Quizá por lo mismo sea injusto colocarlo junto a películas que plasman universos propios, como el caso de Lamb que, pese a su lentitud, no para de maravillarme con sus majestuosos paisajes, y el doloroso tema de la paternidad, el sacrificio, y la extrañeza retratada en el “fenómeno” al que son enfrentados dos granjeros islandeses. Green Knight y Candyman son adaptaciones de universos literarios que, sin embargo, me parecieron adecuadas y cumplidoras. La segunda, más por la nostalgia y por la fuerza de la leyenda urbana que recrea Barker en “Lo prohibido”, y por la aparición de un actor cuya relación con los filmes de los años 80 es fundamental, que otra cosa. Green Knight es asombrosa por la imaginería y la extrañeza mezclada con la fantasía medieval que retrata desde un Sir Gawain bastante peculiar.

La última película es un largo documental sobre la historia del Folk Horror que hará las delicias de todos los aficionados a este particular subgénero.

  • Dune (Dennis Villeneuve, 2021)
  • Lamb (Valdimar Jóhannsson, 2021)
  • Woodlands Dark and Days Bewitched (Kier-La Janisse, 2021)
  • Candyman (Nia DaCosta, 2021)
  • Green Knight (David Lowery, 2021)

Libros

La pandemia no me ha convertido en un gran lector, al contrario. Poco a poco voy recuperando la capacidad de leer con mayor concentración, aunque la mayor parte del tiempo la he dedicado a libros y textos académicos. Cuando me he escapado, disfruté muchísimo de novelas como Dune, que no había tenido la oportunidad de leer, y que me volvió loco. El conflicto en el planeta Arrakis entre los Atreides y los Harkonen es uno de los más interesantes que he leído en mucho tiempo, además de que, como he dicho en el caso de la película, el universo religioso y místico imperante me provocan sinceramente fascinación.

La otra novela que he seleccionado es un ejemplo más de la prosa de Franzen, quien pareciera no estar contando nada especialmente interesante, pero que a diferencia de un, por ejemplo, Karl Ove Knausgard, no termina cayendo en el absurdo de lo banal. El descubrimiento de Franzen, desde Libertad, me ha llevado a leer todo lo que puedo de él. Además, Encrucijadas es la primera parte de una trilogía que retrata a los Hildebrant, situados en Chicago. La intensidad de esta novela se debe a la profundidad religiosa que Franzen construye en torno a las familias, a la religiosidad americana, e incluso a la música. Aún es pronto para hablar de la relación que podría tener esta novela con el camino del héroe, con las mitologías extensas, pero el inicio es más que prometedor.

Sobre los libros de Carmen María Machado y de Starobinets, no estoy seguro de poder llamarlos novelas, pues recurren a la autoficción para hablarnos de temas muy duros. Ambos son difíciles de leer porque plasman el dolor que provoca el abuso, o la posibilidad de perder a un hijo. Con los mismos recursos, aunque utilizando estilos propios, dejo todavía en la mesilla de noche El invencible verano de Liliana, de Cristina Rivera Garza, y Los niños del agua, de Hiram Ruvalcaba, quienes también hablan de aspectos terribles desde sus propios estilos, filias e intereses muy personales (tanto como el feminicidio de una hermana, o la muerte de los hijos). La literatura que abunda sobre el yo, la intimidad y la vida privada, se ha convertido en una de las más interesantes para mí, pues en ella encuentro, en ocasiones, una sinceridad y una profundidad tan clara, que no hallo en otras partes.

Entre los libros de cuento, he disfrutado con la lectura del libro de Slatsky, una enorme proeza en la línea de autores como Thomas Ligotti o Jon Padgett, donde en los relatos nos cuestionamos la naturaleza del cosmos, la posibilidad del pensamiento no-humano, de la oscuridad y de la no-consciencia. Un libro complicado, pero que vale la pena, más si uno está cansado de los recursos clásicos del terror. Por otra parte, Furtivos, de Tom Franklin, es un libro duro, magnífico y brillante, donde abundan los personajes situados (anclados) en el sur estadounidense. Cazadores furtivos, taladores, gente de a pie, que transitan en el universo de Mobile, una ciudad situada en el Golfo de México, a unos kilómetros de Nueva Orleans. En la mejor tradición del Gótico Sureño contemporáneo (Joyce Carol Oates, Chris Offutt, Donald Ray Pollock o Nic Pizzolatto).

De la casa no puedo evitar la recomendación de varios libros que me dejaron con un gran sabor de boca. El fuego en la memoria de Edna Montes es una novela de Fantasy Urbana propositiva, ágil y poderosa; pues es atrevida, oscura, y muy, muy entretenida. En la novela, Edna nos revela un universo reconocible, pero habitado por magos, magas y cazadores; y, además, el amor y la dificultad de las relaciones filiopaternales hacen que esta novela toque temas que van desde el feminismo hasta la importancia de la amistad. Más que recomendable.

Otra novela que me sorprendió por su uso lírico que le da voz a un personaje infantil es la recién salida del horno Nuestra piel muerta de Natalia García Freire, una narradora ecuatoriana (me parece que cada narradora ecuatoriana que he leído es maravillosa) que a través de breves pincelazos retrata un mundo íntimo, lleno de insectos, de un Dios oscuro y alejado, de una familia a punto de convertirse en mero deshecho. Los hongos, la putrefacción, avanzan, sin que por ello dejen de brillar destellos de lirismo que hacen de esta novela con un tema terrible. La novela es un ejemplar luminoso y bello.

Entre los libros de cuentos, me parece que uno de los mejores es el de Roberto Abad, quien matiza elementos extraños muy propios de la Sci-Fi, y de la mejor literatura especulativa, con un aliento largo lleno de una perspectiva escritural de altos vuelos. Roberto Abad es un escritor bastante joven al que hay que tener en consideración, y Cuando las luces aparezcan, que combina pop, sci-fi, literatura weird y una prosa limpia y bella, es un gran libro que augura una carrera brillante.

El otro libro es Tristes sombras de Lola Ancira. ¿Pero qué puedo decir ya de Lola que no hayan dicho otras escritoras, críticas o lectores en todo el país, y más allá incluso? Esta obra, que difiere de sus anteriores libros de narrativa, se encuentra en un punto que recuerda a la narrativa de nota roja, combinando elementos de denuncia, de un trabajo de investigación exhaustivo, y un deseo por encontrar el recuento de la psique humana de aquellos que parecieran ser meros deshechos. Por lo mismo, el libro aborda dos lugares terribles en nuestro imaginario: el Palacio Negro de Lecumberri y La Castañeda.

Para cerrar la sección de cuentística, quisiera terminar con dos libros que son, por diversos motivos, maravillas: Padres sin hijos de Hiram Ruvalcaba y Suelten a los perros de Luis Jorge Boone. El primero es un trabajo narrativo que aborda un “aparente mismo tema” en varios cuentos que rozan la paternidad de una u otra manera. Sin embargo, lo interesante en la obra de Ruvalcaba estriba en que sus relatos no son meras variaciones (lo cual tampoco sería algo malo, tan sólo hay que pensar en la música de cámara, en la barroca, etc.), sino en el estudio psicológico profundo que realiza, regalándonos personajes que terminan en la deriva de un mundo doloroso y cruel. La paternidad, vista desde el matiz masculino, que está consciente de cierta manera de sus culpas, de sus responsabilidades, al grado de describir padres para nada ejemplares, hace de este libro algo tenso, muy tenso, y doloroso. Nada más diré que uno de sus cuentos me hizo llorar hasta cansarme. Como con Roberto Abad, vale la pena seguirle el paso a Hiram Ruvalcaba.

Suelten a los perros es un libro de cuentos de un escritor que camina hacia la veteranía. Se nota en su narrativa el rumor de cuentistas como Carver, Ford, Cheever o Eduardo Antonio Parra. Además, la novelística norteamericana, de Delillo a Joan Didion o Carol Oates, se percibe en una narrativa que busca también la visualización de personajes masculinos que libran los tópicos machistas y megalómanos de autores que no han sabido tomar distancia de la propia masculinidad. Es decir, lo que encuentro en Suelten a los perros, y espero que ustedes también lo encuentren, es ternura, dolor, sueños rotos y también esperanza. En los cuentos de Boone existen registros diversos que van de la exploración psicológica de un hombre recién divorciado, casi destruido, que vive en la casa de su hermana casi por mera caridad, en medio de una ciudad infernal y polvosa, al estremecimiento del terror dentro de un cuento donde las fotografías van desvelando un secreto. Quizá mi favorito de todos sea “Quimeras por la mañana”, o su contrincante más aguerrido, “El club de salir a correr los viernes”. En el primero, es la paternidad, el dolor de un personaje que enfrenta ya no el divorcio, sino la convivencia con la expareja para encontrar un momento con la hija en común. Además, el final es tan triste y esperanzador al mismo tiempo que se queda en una línea muy fina donde es imposible no conmoverse. El segundo, un cuento de tono optimista, cosa rara en nuestra literatura, es una delicia porque el relato es tan agradable de leer, que consigue lo que Chandler decía sobre sus propios relatos. No es que conozcamos el final del relato, pero no existe una necesidad imperante de emocionarse ante un retruécano, una vuelta de tuerca insólita, pues lo que realiza Boone, con una tensión tenue y fina, es conseguir meramente lo que un escritor de ficción debería hacer siempre: narrar de manera impecable.

En este año no he leído tanto terror como quisiera, pero en ocasiones refresca mirar hacia otros lados. La mejor literatura no tiene adjetivo alguno. Así, la poesía me ha acompañado toda mi vida, aunque no le he dado tanta atención como quisiera. De entre lo mejor que leí en mis tardes libres, estuvo presente Pizarnik, su oscuridad y también su esplendor, y las cadencias helenistas de Cartarescu. Y cuando me hacía falta, volvía a Dante, con la esplendorosa edición de la Comedia que editaron en Acantilado por motivo de los 700 años de la muerte del poeta.

  • Dune, de Frank Herbert (Debolsillo, edición de 2021)
  • Poesía completa, de Alejandra Pizarnik (Debolsillo, 2020)
  • Poesía esencial, de Mircea Cartarescu (Impedimenta, 2021)
  • Comedia, de Dante Allighieri (Acantilado, 2019)
  • Furtivos, de Tom Franklin (Dirty Works, 2017)
  • Tienes que mirar, de Anna Starobinets (Impedimenta, 2020)
  • El inconmensurable cadáver de la naturaleza, de Christopher Slatsky (Dilatando Mentes, 2021)
  • Suelten a los perros, de Luis Jorge Boone (Era, 2021)
  • El fuego en la memoria, de Edna Montes (Paraíso Perdido, 2021)
  • Padres sin hijos, de Hiram Ruvalcaba (UANL, 2021)
  • Cuando las luces aparezcan, de Roberto Abad (Paraíso Perdido, 2020)
  • Tristes Sombras, de Lola Ancira (Paraíso Perdido, 2021)
  • Nuestra piel muerta, de Natalia García Freire (Paraíso Perdido, 2021)
  • En la casa de los sueños, de Carmen María Machado (Anagrama, 2021)
  • Encrucijadas, de Jonathan Franzen (Salamandra, 2021

Los demasiados libros


Por ABRIL POSAS 

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Antes que nada: no es queja. Este texto no es para decir que hay demasiados libros y que ya párenle con los que están por llegar.

Es solo que tenía tiempo sin ir a una librería a plantarme en medio de los estantes, esos que abarcan todos los muros, de piso a techo y de una esquina a otra, a elegir un título entre tantos ejemplares. Las opciones se vuelven infinitas aunque no estemos en la sucursal de una cadena nacional, que tiene varios pisos y recovecos que albergan títulos hasta donde el capitalismo lo permite. Con que sean más de cien es fácil abrumarse ante las posibilidades.

Las posibilidades y lo recio que la cartera se cierra de pronto. Una situación que añade otro nivel de dificultad, porque entonces hay que ponerse a decidir concienzudamente, pues para como es luego la vida, lo que no se compra hoy ya no se compra mañana. Y por otro lado, es también un volado para el futuro. Aquí tenemos entonces dos apuestas: una cruel y otra esperanzadora.

La cruel es la que tiene que ver con la solvencia económica, especialmente si hace mucho que no se vive esa efímera bonanza que la gente llama «aguinaldo». Ya no es posible prometer que para fin de año se cubren esas deudas, mientras la cabeza va haciendo una lista de compras librescas que aceleran un poco el corazón. Ahora es momento de ser más fría, más calculadora, de elegir como si se tratara de algo crucial, de la que depende mucho. Mínimo las noches de lectura nocturna, en las que el sueño se intercambia por una hora o dos de unas palabras llegadoras. Así anda una, primero con una pre-selección de 10 finalistas, que se reduce a cinco, que termina en dos. En ocasiones habrá que abandonar uno más, porque la edición es de pasta dura o incluye ilustraciones. Carajo.

La apuesta esperanzadora es la que surge cuando el dinero no es problema. O se calculó el gasto exacto y no hay de otra que nomás dos o cuatro libros, o ni siquiera importa cuánto hay en la cuenta: se puede. O hubo ofertas, qué delicia. Vamos por la calle con la bolsa cargada de ejemplares con la emoción de los niños con el juguete deseado, y al llegar a casa los acomodamos en la pila de «por leer», generalmente en orden de compra para que nadie se sienta excluído, a menos que un título sea parte de esa lista de deseos de cada año, que apenas, por fin, se cumplió: se recorre en la fila o de plano se le da el primer sitio. Lo cierto es que las lecturas pendientes aumentan con esas compras de montón y, al menos a mí, me recuerdan que la gente tenemos esta fe absoluta de que vamos a estar vivos al día siguiente, las próximas semanas y meses, mínimo un año más, si en verdad intentamos leer los libros recién comprados. Comprar varios libros significa esperanza de vida.

Hay más libros que tiempo que vida, nadie lo pone en duda. A veces, también, me asalta la culpabilidad por buscarle espacio a lo que yo escribo, con la ilusión de tener algo hecho por mí junto a lo hecho por alguien más, que seguramente será mucho más bonito, más importante, trascendente, mejor hecho, inmortal. ¿Que tal vez falle miserablemente en mi tarea? Es lo más probable, pero lo que más temo, la neta, es sentir que la muerte me gana un día y que empiece a lamentarme por no haber comprado esa edición de Las mil y una noches de diez tomos, ilustrada, o la pasta dura de El infinito en el junco; de haber visto tres capítulos de Seinfeld una tarde en lugar de tomar uno de los libros recién comprados y comenzar su lectura.

«Los demasiados libros», balbucearía antes de morir hacia la nada, «los demasiados libros que no abriré jamás».