escritura

Alumbrar la periferia en «Tristes sombras»


ENTREVISTA A LOLA ANCIRA 

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Por Noemí Pérez Vallejo

—¿Por qué La Castañeda y Lecumberri?

Por ser dos espacios míticos en la historia del siglo pasado en nuestro país y por su arquitectura: edificios bellísimos e inmensos que albergaron la esencia de la sociedad de la época.

—¿De dónde surge tu interés por escribir sobre personajes marginales?

De buscar la forma de alumbrar la periferia, de escuchar a los silenciados, a los ignorados, el discurso del otro; de encontrar sus voces y amplificarlas. En el caso del manicomio, abordar la cuestión de la estigmatización de las enfermedades mentales; en el caso de la prisión, reconocer el entramado social que permite (y contribuye a) que se cometan crímenes.

—¿De qué manera incorporaste la ficción en las historias que toman inspiración de personajes históricos o de expedientes?

Partiendo de lo que me interesaba mostrar a través de perfiles particulares: protagonistas femeninas para evidenciar terribles prejuicios de género de la época (que, desafortunadamente, continúan vigentes); supuestos profesionales o especialistas (en distintos ámbitos) que abusan de su posición y poder; distintos tipos de violencia ejercidos específicamente contra los más débiles.

—¿Qué te interesaba rescatar en relación a los espacios en Tristes sombras?

La forma en que la arquitectura afecta la psique del ser humano, específicamente la creada para distintos tipos de confinamiento: el carcelario y el manicomial; trabajar cómo los espacios tienen una gran influencia en nuestras mentes y cuerpos, cuestión que la psicogeografía estudia.

—Después del trabajo de investigación y de inmersión por medio de la escritura, ¿cómo definirías la locura y el crimen?

Desde la adolescencia he estado de acuerdo con lo que postuló Poe: que la locura es otro tipo de inteligencia, quizá incluso insuperable. En cuanto al crimen, diría que es el abuso de poder en cualquiera de sus formas, ya sea para intentar resarcir un daño recibido o no.

—¿Hubo historias que se quedaron fuera?

Muchísimas, me costó trabajo hacer una selección conforme trabajo los cuentos que ya tenía en mente. Sin duda podría haber una segunda parte del libro.

—¿Qué nos puedes adelantar sobre lo que estás escribiendo ahora?

Una novela que dejé en pausa en 2018 sobre el síndrome de Munchausen por poderes, y un proyecto de crónica que inicié a mediados de este año sobre la dicotomía vida/muerte en los cementerios.

—Para concluir la entrevista, comparte tres libros con los que se identifique Lola Ancira.

  • La condición animal, de Valeria Correa Fiz
  • Nuestro mundo muerto, de Liliana Colanzi
  • Nuestra parte de noche, de Mariana Enríquez

 

La vida como contingencia

Entrevista a Josemaría Camacho 

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Por Noemí Pérez Vallejo

—¿En qué momento decidiste que tenías que escribir Después de matar al oso pardo?

Tenía la necesidad de escribir una novela sobre esa sensación —que creo que ha de ser muy común— de que algo vendrá en algún momento a cambiarte la vida. La sensación de la espera constante que llega a convertirse en una manera de vivir. Quería escribir una novela sobre la fragilidad de la estabilidad. Supongo que tiene que ver con que soy una persona muy aprensiva y muy ansiosa y la inestabilidad es algo difícil de digerir para la gente como yo. La idea inicial era la de escribir una historia en la que a un personaje le llegara ese momento, el golpe en el tablero de su vida, una experiencia cercana a la muerte que moviera todas las fichas. Y la premisa de la novela era que la sensación de monotonía y espera constante volvía de inmediato, que el personaje, apenas superado el trauma primigenio, volviera a esperar a que algo llegara a cambiarle la vida. La vida como una constante espera, la espera como un estado natural de las cosas. Y algo así terminé escribiendo. Fue justamente por aquellos momentos en los que estaba por convertirme en papá: el miedo que yo tenía de manera inconsciente ya estaba queriendo salir y en parte salió así, en forma de novela.
Cada uno de los personajes pareciera representar una filosofía de vida diferente y, a partir de esta, enfrentan las secuelas del accidente que se narra.

—Tu protagonista es crítico hacia todos, ¿qué tanto de ti hay en él?

Estudié la carrera de filosofía. La terminé hace veinte años y probablemente he olvidado más del 80% de lo que aprendí. Pero si algo quedó de aquello fue precisamente el hábito de la crítica. En realidad la filosofía es un hábito, una forma de masticar las cosas. Un libro de Thomas Kuhn me cambió definitivamente la forma de pensar: La estructura de las revoluciones científicas. La idea central, resumida torpemente, es que el pensamiento humano y las teorías filosóficas y científicas siempre explican las cosas siguiendo el paradigma de pensamiento más aceptado en la comunidad de la que surgen. La experimentación y los argumentos siempre operan con una metodología dictada previamente por un prejuicio cognitivo. Me parece que así es como funciona no solo la comunidad científica, sino cualquier fuente de pensamiento susceptible a sistematización, cualquier corriente, cualquier teoría. En resumen, cualquier respuesta a las grandes preguntas de la existencia está viciada desde la estructura mental de quien las plantea. Cada quien, por otro lado, es libre de explicarse la vida como mejor le plazca. Mi prejuicio personal es, sin embargo, el de Kuhn, que ninguna respuesta es definitiva. Una especie de agnosticismo pero no ontológico, sino epistemológico. Eso creo (o no creo) y en eso sí que se parece a mí el personaje central. Creo que solo en eso, que no es poco.

—¿Qué aspectos de la espiritualidad buscabas explorar y exponer en tu novela?

Pues creo que el que muchos buscamos explorar: de qué se trata la vida y cuál es verdaderamente su peso. La muerte es necesaria y definitiva, pero la vida es contingente. Y eso es terrible. Escapar de ese pensamiento, digerirlo, es imposible, me parece. Lo que quise explorar es justamente esa pregunta: ¿qué hacemos como humanos para asimilar la contingencia?

—Hay grandes preguntas en la trama de Después de matar al oso pardo, ¿consideras que lograste contestarlas o son preguntas sin respuesta?

Considero que no logré ni siquiera plantearlas con la profundidad suficiente. Ya no digamos responderlas. Creo que recordar, mantener y atizar ese tipo de preguntas es lo más cerca que estaremos de las respuestas. Pero las respuestas no existen. Comprenderlo es lo más que podemos hacer, lo más humano.

—En Después de matar al oso pardo, ¿cuál es la verdad?

La verdad es un juicio sobre la realidad y, en ese sentido, no pertenece a la realidad sino al sujeto. Hoy, en plena época de la posverdad, poco importa ya el hecho objetivo. Los mensajes que recibimos actualmente son historias manipuladas con diversos fines y apuntaladas en nuestras cabezas no con argumentos o evidencias, sino con emociones. Así funcionan gobiernos, empresas, candidatos, discursos de colectividades, ideologías y religiones. El concepto de verdad, que quizás nunca comprendimos del todo y que, como decía antes, cambia según el paradigma de la época o de la comunidad, se ha ido. La verdad se nos ha escapado por completo. Por primera vez la reflexión sobre el pensamiento humano no tiene a la verdad como centro. La verdadera pregunta hoy en día no es qué es la verdad, sino si alguna vez volverá a ser importante buscarla.

—¿Hasta qué punto consideras que el escritor debe involucrarse en la situación política en la que está inmerso?

La política se dice de muchas maneras. Está muy repetida y, por tanto, despojada de sentido la frase “todo es política”. Pero todo es política. Escribir ficción es política, es un acto subversivo en tanto que niega la realidad y ensaya otras posibilidades. Canalizar la creatividad hacia un acto naturalmente social, como es la escritura-lectura (y todas las artes), es un acto político. Porque debajo de las formas, los colores y las palabras, hay ideas. Hay sentidos. Hay ethos o hay mithos. El arte transmite ideas y en ese sentido, muy básico, es político por definición. Ahora bien, si la pregunta se refiere a un activismo ideológico, mi respuesta es no. No debe. Aunque sí puede.

—¿Para qué escribir en estos tiempos en donde, dicen, ya a nadie le interesa leer?

No estoy de acuerdo con la idea de que a nadie le interese leer. Nos pasamos la mitad del día o más leyendo. Los mensajes de nuestros celular, los posteos en redes sociales (sean textos o no), las noticias. Todo el tiempo leemos y todo el tiempo, por tanto, necesitamos alguien que genere el material que leemos. Por otro lado, estoy convencido, con Borges, de que el acto de leer y el de escribir son uno solo. Está demostrado que la actividad cerebral sucede en las mismas zonas del cerebro cuando leemos que cuando escribimos. Y si esto es verdad, la pregunta se desactiva: siempre que haya escritura, habrá lectura.

—Para cerrar esta entrevista, comparte tres libros con los que se identifique Josemaría Camacho.

Tres libros que han sido muy importantes para mí:

· La estructura de las revoluciones científicas, de Thomas Kuhn
· Poética, de Aristóteles
· El mito de Sísifo, de Albert Camus