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Lo mejor del 2021 | Gerardo Lima


¿Qué dice Gerardo Lima que fue lo mejor de su 2021? El autor de «Megaloceros» nos comparte lo que más le gustó en series, películas y libros de este año que recién terminó.

Lista de lo mejor del 2021

Series

En el caso de las series, la más esperada para mí fue Midnight Mass, porque el tema religioso mezclado con el horror es algo que me enloquece. No me decepcionó, aunque fue difícil verla en medio de tanta charla y diálogo que, a mí, por lo menos en el momento de su visionado, no me apetecía del todo. Imaginaba, además, algo distinto al tema del vampirismo, pero se deja ver, y tiene una tensión dramática muy agradable. Lo mismo ocurre con The Boys, aunque a un nivel completamente distinto, pues uno espera que alguno de estos “lindos” héroes, por favor, no haga algo tan violento que lo deje a uno respirando con dificultad y con imágenes que no se pueden sacar de la cabeza. De 30 Monedas no diré mucho, más que es necesario verla sin saber nada, y que por suerte tendrá más temporadas. ¿De la mano del irreverente Álex de la Iglesia? Sí ¿Misterio y terror? Oh, pero por supuesto.

Penny Dreadful es una de mis series favoritas, y tenía enormes ganas de ver el spinoff de tono chicano de la serie, que esta vez ocurre en Los Ángeles y no tiene ninguna relación con la trama original. No es del todo buena, y tiene un tema nazi no del todo disfrutable; sin embargo, escuchar “La Llorona” en una serie mientras chicanos hablan de la Santa Muerte (aunque no tenga mucha relación con el culto real) siempre me gana.

Por último, la joya sería Monsterland, una gran apuesta que, de manera antológica, retoma la narrativa corta de Nathan Ballingrud, un escritor norteamericano de terror, cuya fuerza para crear personajes y situaciones límite es magnífica y dolorosa. La serie cumple más que bien con su cometido, y espero sirva de carta de presentación para adentrarse en la narrativa de Ballingrud, uno de los escritores contemporáneos que más aprecio en el género.

  • Midnight Mass (Mike Flanagan, 2021, Netflix)
  • The boys 2ª temporada (Eric Kripke, 2020, Amazon)
  • 30 Monedas (Álex de la Iglesia, 2020, HBO)
  • Penny Dreadful: City of Angels (John Logan, 2020 Showtime)
  • Monsterland (Mary Laws, 2020, Hulu)

Películas

En el caso de las películas, creo que igualmente he visto muy poco, o revisité algunas que necesitaba ver por diversos motivos. En esta lista he seleccionado sólo cinco pertenecientes a este año, que me han dejado un gran sabor de boca, contrarrestando así las enormes decepciones que fueron Antlers, Saint Maud, In the Earth o Malignant,

La que más he disfrutado de todas ha sido, sin embargo, Dune, la versión de Villeneuve que me hizo mantenerme en el asiento lo más atento que me fue posible. La reconstrucción de un universo tan inmenso como el de Frank Herbert me llenó de alegría. El tono religioso y místico que abunda en la obra de Herbert es una delicia. Quizá por lo mismo sea injusto colocarlo junto a películas que plasman universos propios, como el caso de Lamb que, pese a su lentitud, no para de maravillarme con sus majestuosos paisajes, y el doloroso tema de la paternidad, el sacrificio, y la extrañeza retratada en el “fenómeno” al que son enfrentados dos granjeros islandeses. Green Knight y Candyman son adaptaciones de universos literarios que, sin embargo, me parecieron adecuadas y cumplidoras. La segunda, más por la nostalgia y por la fuerza de la leyenda urbana que recrea Barker en “Lo prohibido”, y por la aparición de un actor cuya relación con los filmes de los años 80 es fundamental, que otra cosa. Green Knight es asombrosa por la imaginería y la extrañeza mezclada con la fantasía medieval que retrata desde un Sir Gawain bastante peculiar.

La última película es un largo documental sobre la historia del Folk Horror que hará las delicias de todos los aficionados a este particular subgénero.

  • Dune (Dennis Villeneuve, 2021)
  • Lamb (Valdimar Jóhannsson, 2021)
  • Woodlands Dark and Days Bewitched (Kier-La Janisse, 2021)
  • Candyman (Nia DaCosta, 2021)
  • Green Knight (David Lowery, 2021)

Libros

La pandemia no me ha convertido en un gran lector, al contrario. Poco a poco voy recuperando la capacidad de leer con mayor concentración, aunque la mayor parte del tiempo la he dedicado a libros y textos académicos. Cuando me he escapado, disfruté muchísimo de novelas como Dune, que no había tenido la oportunidad de leer, y que me volvió loco. El conflicto en el planeta Arrakis entre los Atreides y los Harkonen es uno de los más interesantes que he leído en mucho tiempo, además de que, como he dicho en el caso de la película, el universo religioso y místico imperante me provocan sinceramente fascinación.

La otra novela que he seleccionado es un ejemplo más de la prosa de Franzen, quien pareciera no estar contando nada especialmente interesante, pero que a diferencia de un, por ejemplo, Karl Ove Knausgard, no termina cayendo en el absurdo de lo banal. El descubrimiento de Franzen, desde Libertad, me ha llevado a leer todo lo que puedo de él. Además, Encrucijadas es la primera parte de una trilogía que retrata a los Hildebrant, situados en Chicago. La intensidad de esta novela se debe a la profundidad religiosa que Franzen construye en torno a las familias, a la religiosidad americana, e incluso a la música. Aún es pronto para hablar de la relación que podría tener esta novela con el camino del héroe, con las mitologías extensas, pero el inicio es más que prometedor.

Sobre los libros de Carmen María Machado y de Starobinets, no estoy seguro de poder llamarlos novelas, pues recurren a la autoficción para hablarnos de temas muy duros. Ambos son difíciles de leer porque plasman el dolor que provoca el abuso, o la posibilidad de perder a un hijo. Con los mismos recursos, aunque utilizando estilos propios, dejo todavía en la mesilla de noche El invencible verano de Liliana, de Cristina Rivera Garza, y Los niños del agua, de Hiram Ruvalcaba, quienes también hablan de aspectos terribles desde sus propios estilos, filias e intereses muy personales (tanto como el feminicidio de una hermana, o la muerte de los hijos). La literatura que abunda sobre el yo, la intimidad y la vida privada, se ha convertido en una de las más interesantes para mí, pues en ella encuentro, en ocasiones, una sinceridad y una profundidad tan clara, que no hallo en otras partes.

Entre los libros de cuento, he disfrutado con la lectura del libro de Slatsky, una enorme proeza en la línea de autores como Thomas Ligotti o Jon Padgett, donde en los relatos nos cuestionamos la naturaleza del cosmos, la posibilidad del pensamiento no-humano, de la oscuridad y de la no-consciencia. Un libro complicado, pero que vale la pena, más si uno está cansado de los recursos clásicos del terror. Por otra parte, Furtivos, de Tom Franklin, es un libro duro, magnífico y brillante, donde abundan los personajes situados (anclados) en el sur estadounidense. Cazadores furtivos, taladores, gente de a pie, que transitan en el universo de Mobile, una ciudad situada en el Golfo de México, a unos kilómetros de Nueva Orleans. En la mejor tradición del Gótico Sureño contemporáneo (Joyce Carol Oates, Chris Offutt, Donald Ray Pollock o Nic Pizzolatto).

De la casa no puedo evitar la recomendación de varios libros que me dejaron con un gran sabor de boca. El fuego en la memoria de Edna Montes es una novela de Fantasy Urbana propositiva, ágil y poderosa; pues es atrevida, oscura, y muy, muy entretenida. En la novela, Edna nos revela un universo reconocible, pero habitado por magos, magas y cazadores; y, además, el amor y la dificultad de las relaciones filiopaternales hacen que esta novela toque temas que van desde el feminismo hasta la importancia de la amistad. Más que recomendable.

Otra novela que me sorprendió por su uso lírico que le da voz a un personaje infantil es la recién salida del horno Nuestra piel muerta de Natalia García Freire, una narradora ecuatoriana (me parece que cada narradora ecuatoriana que he leído es maravillosa) que a través de breves pincelazos retrata un mundo íntimo, lleno de insectos, de un Dios oscuro y alejado, de una familia a punto de convertirse en mero deshecho. Los hongos, la putrefacción, avanzan, sin que por ello dejen de brillar destellos de lirismo que hacen de esta novela con un tema terrible. La novela es un ejemplar luminoso y bello.

Entre los libros de cuentos, me parece que uno de los mejores es el de Roberto Abad, quien matiza elementos extraños muy propios de la Sci-Fi, y de la mejor literatura especulativa, con un aliento largo lleno de una perspectiva escritural de altos vuelos. Roberto Abad es un escritor bastante joven al que hay que tener en consideración, y Cuando las luces aparezcan, que combina pop, sci-fi, literatura weird y una prosa limpia y bella, es un gran libro que augura una carrera brillante.

El otro libro es Tristes sombras de Lola Ancira. ¿Pero qué puedo decir ya de Lola que no hayan dicho otras escritoras, críticas o lectores en todo el país, y más allá incluso? Esta obra, que difiere de sus anteriores libros de narrativa, se encuentra en un punto que recuerda a la narrativa de nota roja, combinando elementos de denuncia, de un trabajo de investigación exhaustivo, y un deseo por encontrar el recuento de la psique humana de aquellos que parecieran ser meros deshechos. Por lo mismo, el libro aborda dos lugares terribles en nuestro imaginario: el Palacio Negro de Lecumberri y La Castañeda.

Para cerrar la sección de cuentística, quisiera terminar con dos libros que son, por diversos motivos, maravillas: Padres sin hijos de Hiram Ruvalcaba y Suelten a los perros de Luis Jorge Boone. El primero es un trabajo narrativo que aborda un “aparente mismo tema” en varios cuentos que rozan la paternidad de una u otra manera. Sin embargo, lo interesante en la obra de Ruvalcaba estriba en que sus relatos no son meras variaciones (lo cual tampoco sería algo malo, tan sólo hay que pensar en la música de cámara, en la barroca, etc.), sino en el estudio psicológico profundo que realiza, regalándonos personajes que terminan en la deriva de un mundo doloroso y cruel. La paternidad, vista desde el matiz masculino, que está consciente de cierta manera de sus culpas, de sus responsabilidades, al grado de describir padres para nada ejemplares, hace de este libro algo tenso, muy tenso, y doloroso. Nada más diré que uno de sus cuentos me hizo llorar hasta cansarme. Como con Roberto Abad, vale la pena seguirle el paso a Hiram Ruvalcaba.

Suelten a los perros es un libro de cuentos de un escritor que camina hacia la veteranía. Se nota en su narrativa el rumor de cuentistas como Carver, Ford, Cheever o Eduardo Antonio Parra. Además, la novelística norteamericana, de Delillo a Joan Didion o Carol Oates, se percibe en una narrativa que busca también la visualización de personajes masculinos que libran los tópicos machistas y megalómanos de autores que no han sabido tomar distancia de la propia masculinidad. Es decir, lo que encuentro en Suelten a los perros, y espero que ustedes también lo encuentren, es ternura, dolor, sueños rotos y también esperanza. En los cuentos de Boone existen registros diversos que van de la exploración psicológica de un hombre recién divorciado, casi destruido, que vive en la casa de su hermana casi por mera caridad, en medio de una ciudad infernal y polvosa, al estremecimiento del terror dentro de un cuento donde las fotografías van desvelando un secreto. Quizá mi favorito de todos sea “Quimeras por la mañana”, o su contrincante más aguerrido, “El club de salir a correr los viernes”. En el primero, es la paternidad, el dolor de un personaje que enfrenta ya no el divorcio, sino la convivencia con la expareja para encontrar un momento con la hija en común. Además, el final es tan triste y esperanzador al mismo tiempo que se queda en una línea muy fina donde es imposible no conmoverse. El segundo, un cuento de tono optimista, cosa rara en nuestra literatura, es una delicia porque el relato es tan agradable de leer, que consigue lo que Chandler decía sobre sus propios relatos. No es que conozcamos el final del relato, pero no existe una necesidad imperante de emocionarse ante un retruécano, una vuelta de tuerca insólita, pues lo que realiza Boone, con una tensión tenue y fina, es conseguir meramente lo que un escritor de ficción debería hacer siempre: narrar de manera impecable.

En este año no he leído tanto terror como quisiera, pero en ocasiones refresca mirar hacia otros lados. La mejor literatura no tiene adjetivo alguno. Así, la poesía me ha acompañado toda mi vida, aunque no le he dado tanta atención como quisiera. De entre lo mejor que leí en mis tardes libres, estuvo presente Pizarnik, su oscuridad y también su esplendor, y las cadencias helenistas de Cartarescu. Y cuando me hacía falta, volvía a Dante, con la esplendorosa edición de la Comedia que editaron en Acantilado por motivo de los 700 años de la muerte del poeta.

  • Dune, de Frank Herbert (Debolsillo, edición de 2021)
  • Poesía completa, de Alejandra Pizarnik (Debolsillo, 2020)
  • Poesía esencial, de Mircea Cartarescu (Impedimenta, 2021)
  • Comedia, de Dante Allighieri (Acantilado, 2019)
  • Furtivos, de Tom Franklin (Dirty Works, 2017)
  • Tienes que mirar, de Anna Starobinets (Impedimenta, 2020)
  • El inconmensurable cadáver de la naturaleza, de Christopher Slatsky (Dilatando Mentes, 2021)
  • Suelten a los perros, de Luis Jorge Boone (Era, 2021)
  • El fuego en la memoria, de Edna Montes (Paraíso Perdido, 2021)
  • Padres sin hijos, de Hiram Ruvalcaba (UANL, 2021)
  • Cuando las luces aparezcan, de Roberto Abad (Paraíso Perdido, 2020)
  • Tristes Sombras, de Lola Ancira (Paraíso Perdido, 2021)
  • Nuestra piel muerta, de Natalia García Freire (Paraíso Perdido, 2021)
  • En la casa de los sueños, de Carmen María Machado (Anagrama, 2021)
  • Encrucijadas, de Jonathan Franzen (Salamandra, 2021

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Estudiar Letras

Por ABRIL POSAS

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Las personas que estudiamos letras hemos compartido varias experiencias ya. Por ejemplo, el cansancio.

Al inicio de la carrera, sabíamos que éramos los únicos que estudiábamos la licenciatura en letras (o literatura, para que mejor entiendan) en toda la familia, porque las estadísticas así lo dictan: en cada clan habrá un sacerdote, una monja, quien amase millones que le dé la espalda a los parientes pobres y un idealista que se decantará por los libros. Por eso contestábamos con orgullo y honestidad, las primeras veces, cuando el tío más cercano preguntaba la carrera que habíamos elegido. Y con mucha paciencia escuchamos la respuesta típica: «¿Y en qué letra vas? JAJAJAJAJA ¿En la EME? JAJAJA». Otros eran más creativos, y le agregaban que si las letras mayúsculas o minúsculas, o de otros abecedarios (a pesar de que claramente decíamos «letras hispánicas»), o de diferentes tipografías (clásico de estudiantes de diseño). Que si letras de canciones. O sopa de letras. Y así.

Lo que provocó un ligero hartazgo, que a muchos de nosotros se acumuló en las ojeras que ya existían por leer tanto en fotocopias de mala calidad o PDFs pirata con baja resolución (no eran libros electrónicos, sino pinches capturas de pantalla: por eso todos usamos lentes) en los traslados en camión o en el tren cuando íbamos del trabajo a la universidad. Pero si se mareaban al leer en movimiento, como yo, intercambiamos horas de sueño por las de lectura, que luego compensábamos en la primera clase de la tarde, justo cuando el sopor de la comida mal balanceada («La cosa es llenarse» o algo así dice el morrito de Familia de media noche, gran filósofo pragmático de nuestro siglo) pegaba duro en los veranos.

Y, claro está, otra cosa que nos une como egresados de letras, de la universidad que sea, en este país tan cacarizo, es que muchos lo hicimos porque pensábamos que era el camino más corto del punto A al punto Dedicarse a la escritura. Pronto aprendimos que el atajo era un engaño de nuestra vista miope, próxima a empeorar a fuerza de los grecolatinos, los costumbristas y la filología, y que si hubiéramos tenido comprensión lectora lo habríamos descubierto con leer el plan de estudios vigente. Es decir, que al menos en mi caso, la culpa no fue de la institución sino de la aplicante, que asumió muchas cosas y la realidad le demostró lo equivocada que estaba. No sería la primera ni la última vez, para ser honesta.

Aún así, cada vez que alguien me pregunta si eso de estudiar letras es una pérdida de tiempo para quien quiera ser escritora o escritor, tengo que pensarlo un poco mejor. Hace unos diez años (terminé la carrera en 2008, mas no me titulé: no lo digo con orgullo, sino que quiero ser sincera) pensaba que no, que la carrera no había servido de mucho porque no hubo espacio para lo creativo, ni se enfocó a nuevas maneras de aplicar los conocimientos en la fuerza laboral más allá de la docencia del español o la investigación sobre la literatura y la lengua. Hasta es divertido hablar al respecto y reírnos, entre todos los que pasamos por ahí, de nuestras aspiraciones ingenuas y el corazón roto cuando descubrimos que no había una clase de Cigarrilos franceses y whisky II o Taller de miradas de sarcasmo frente a la sección de best-sellers en librerías. Eso lo tuvimos que aprender con métodos autodidactas, o como dicen los chavos: DIY.

Ahora que intento recordar cómo era en ese 2002 cuando ingresé a la carrera y lo que soy mientras escribo esto, tendría que admitir que estudiar letras no es una completa pérdida de tiempo para la gente que desea escribir como profesión, porque a pesar de que era lectora asidua antes de poner pie en uno de los salones más feos del CUCSH, no era una buena lectora. Lo descubrí en una de las clases, cuando al leer un texto tuve problemas para comprender lo que en realidad intentaba decir detrás de su anécdota. Ese recuerdo lo tenía oculto, pero hace poco, una escritora me lo desbloqueó de pronto.

CENTRO UNIVERSITARIO DE CIENCIAS SOCIALES Y HUMANIDADES

Gracias a la gestión e invitación de los narradores Laura Baeza e Hiram Ruvalcaba, fui parte de una serie de charlas en línea, donde compartí espacio con James Nuño y Claudia Morales para platicar de nuestro trabajo y los traumas de la niñez (porque somos de la generación de los ochenta y porque elegimos la literatura para vivir). Y, tal como lo señaló Hiram, quien dirigió la conversación, los tres éramos egresados de letras. La pregunta era obligatoria: ¿sirve de algo esa licenciatura para escribir? Palabras más, palabras menos (pueden ver la charla completa aquí; la intervención que menciono comienza en el minuto 33:55), Claudia dijo algo así:

«Algo que yo sí quiero mencionar sobre estudiar literatura que yo recuerde que me fue muy importante y significativo, no tanto para escribir, sino para caminar en el mundo, fue aprender a leer poesía (…) Recuerdo que tuve un curso sobre Borges con Germán Dehesa. Íbamos línea a línea leyendo un poema. Y yo no sabía que se podía encontrar tanto en un texto tan pequeño. Y recuerdo ser completamente inocente y completamente ignorante de muchas cosas. Y recuerdo que fue como ver por un microscopio, acercarme a un mundo que se abrió de pronto para mí. Como un zoom a la vida. Y leerlo colectivamente… creo que fue profundamente transformador. Estudies lo que estudies, esperaría que todos tuvieran esa oportunidad en la vida, de sentarse a leer un poema con alguien que pueda enseñarte a cómo ir abriendo todo, o uno o dos niveles, de una lectura».

Y al decir eso último, Claudia gesticulaba como quien abre una caja que está dentro de otra caja que está dentro de otra caja. 

No exagero al decir que su comentario fue mi magdalena, mi ratatouille, porque entonces recordé esa clase en la que fui «completamente inocente y completamente ignorante» hasta que alguien más apuntó a lo que debía ser obvio cuando la maestra preguntó de qué hablaba el narrador del cuento. O la ocasión cuando un compañero, semestres arriba de mi generación, me preguntó si me gustaba la poesía y le dije que no, y entonces él dijo que ya encontraría algo que me hablaría directamente y yo lo sentí condescendiente y mamón. Hasta que poco tiempo después tuve una de esas clases, como la de Claudia, en la que leímos con el grupo entero a César Vallejo y «Los heraldos negros» con la dirección de un maestro condescendiente y mamón, claro que sí, pero que en ese momento fue el único que deseaba explicarnos, línea por línea, lo que estaba frente a nosotros. Fue mi primera vez abriendo cajas.

¿Sirve de algo estudiar letras? Sí. ¿Incluso si es para dedicarse a la escritura? No veo por qué no, sobre todo porque para escribir se debe aprender a leer lo que está entre los renglones y los espacios de las letras, detrás de una frase o abajito de un punto y seguido. Leer poesía, ensayo, dramaturgia y hasta crítica literaria, aunque solamente se desee escribir novelas de horror de 500 páginas. Hay que leer lo que te gusta y a veces lo que no. Lo que se acaba de escribir y lo que existe desde hace miles de años. Lo que escribieron aquellas autoras que no tuvieron el marketing que merecían y hasta las pendejadas de los vatos que se publicaron a pesar de ellos mismos (si no, ¿de dónde sacamos los memes para burlarnos de ellos?). 

Aprender a leer debería ser obligatorio, se estudie física cuántica o ingeniería en TikTok, pero si el destino es escribir, no hay escape. Y pues si hay oportunidad de hacerlo en una carrera enfocada a eso, tal vez no es tan mala idea enrolarse en letras*.

*Excepto cuando sí es mala idea, así que no me hago responsable. 

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