Quieta

¿Qué es el amor sino un espejismo que cada cual levanta en su desierto con la suavidad de las palabras y la incandescencia de las imágenes? ¿Qué, sino la sed del cuerpo que emerge de esa “agua profunda, oscura” que es la voz? Bien lo señalan las letras de esta historia de Guadalupe Ángeles: bastan unos cuantos momentos compartidos para que una mujer y un hombre construyan sus historias, no en el presente que no existe, sino en ese futuro que instauran las palabras y que se vuelve abismo que irremediablemente los atrapa. Ése es “nuestro reino. El espacio tomado al silencio”, el horizonte en el que los amantes reconstruyen su salvación o su condena a partir de unos pocos signos, de dos o tres encuentros, y de la perfección de la desnudez de los cuerpos en el acto de amar: ese sueño “ávido de imágenes todavía e imposiblemente vivo, columna de vapor, de aire, sueño definitivo y tenaz como la lluvia”, que atrapa a los amantes. En este bello relato que traza sus secuencias en el silencio de los implícitos, Guadalupe Ángeles nos permite descubrir que, entre los filos de la soledad, una mujer puede construir su amor, y un hombre, entre los filos del amor, aferrarse a su soledad. Entre ambos polos, amor y soledad, las palabras de Guadalupe sueltan en los oídos nuestros la poesía de un canto en donde el dolor, ese brillante polvo, alcanza a despertar nuestra cicatrices. Ahí, en su tránsito aparentemente sencillo, entendemos que nada, nada, es absolutamente real, sino la voz que une los vestigios para dar solidez a la memoria. Amor y desamor, soledad y anhelo, olvido y remembranza, son sólo fases que transitan los amantes en la búsqueda de su propio papel; un papel que responde, no a la lógica de la razón, sino a la de los antiguos dioses, de quienes aprendieron a imaginarse mutuamente, ella y él, para crear “un sitio no visible en la tierra”, aunque más tarde la vida los separe.

JORGE SOUZA