La ciudad y sus muertos

Ahí está el maestro Cocoletzi, tendido con la cabeza rota. El Turco no ve sólo la sangre seca en el suelo de la bodega, contempla las preguntas, los hilos desmadejados y sin final, quiere desanudarlos y seguirlos hasta el otro extremo. En Tlaxcala las cosas no son diferentes al resto del país y se desconfía igual de las autoridades que de los criminales, los amigos o las mujeres. No basta ser expolicía para averiguar quién tuvo motivos para matar a Alejandro, el muchacho que cambió las camisetas a rayas que usó en las huelgas de la UNAM por el traje de lino. Hace falta la voluntad de respetarle a los muertos su derecho a irse de la vida dejando la verdad como tributo para sus deudos.