El hombre que amaba los hospitales

El hombre que amaba los hospitales, #HistoriasSinSpoilers

La locura, el sexo, el desamor, las frustraciones, la violencia y, por supuesto, la enfermedad, son el velo que cubre las vidas de los personajes de estos relatos. Con su prosa, Augusto Rodríguez abre ligeramente la persiana para que podamos asomarnos a la soledad con la que pervertidos, desahuciados, amas de casa y escritores, entre otros, se consumen en su cotidianidad.

En El hombre que amaba los hospitales, el trance hipnótico de la repetición maquinal de la rutina contamina todo: el tiempo, las acciones, el lenguaje, la vida misma, y nos obliga a pensar en la manera en que la monotonía nos invade y lo difícil que es escapar de ella.

«El mundo es un hospital. El hospital es el mundo», nos dice el autor para que reflexionemos sobre cómo llegamos a este pabellón de enfermedades. Y aunque las respuestas son varias —los sentidos afectados, la fealdad, el hastío, la rutina—, lo que permanece es la literatura: el acto de escribir parece ser lo único que nos puede redimir, ya sea para escapar, para comprender, para embellecer o para curar. Al final, somos enfermos que escriben desde la cama de un hospital en espera de un veredicto.